El rey de las flores - Parte 1
Él era conocido por sus cualidades y habilidades en cuanto a cuidados botánicos se refiere. Se creía que bastaba solo un toque de sus manos en las semillas para que germinara, o que su sola presencia hacía que las plantas se llenaran de flores.
Aquellos, quienes en algún momento recorrieron los pasillos de su castillo cuentan que cada centímetro de piedra en el suelo o como paredes, estaban totalmente cubiertas por un denso follaje, con un verde tan vivo que hacía ver todo el ambiente como irreal, como si de la imagen de un cuento de hadas se tratara. Cuentan, que no había un solo milímetro que no estuviera cubierto por hojas, y que, entre las hojas, se asomaban tímidas florecillas blancas, con un embriagador perfume que inundaba cada rincón del castillo.
Cuentan también que, desde el portal, hasta las puertas de los aposentos se extendían inmensos pasillos enmarcados por pequeños arbustos llenos de flores de todos los colores. La vida no estaba solamente en el color de los adornos, como si el tiempo estuviera detenido en la primavera, las mariposas revoloteaban de un lado a otro, tantas y de tantos colores que hacían prácticamente imposible fijar la vista en una sola.
Se creía que ese jardín podía enloquecer a cualquiera que intentara apreciar todo su detalle.
Por fortuna, o desgracia para quienes habitaban el reino, el rey, era bastante celoso de su amado tesoro, y salvo unas pocas ocasiones al año, permitía que muy pocas, y bastante exclusivas personas, recorrieran los pasillos de sus dominios. Así, intentaba proteger sus amadas flores del robo, y que, con ello, llegaran a manos desagradecidas o indignas.
El rey de las flores adoraba presumir su basto, colorido y perfumado tesoro ante sus invitados; consciente del peligro de permitir la entrada de plebeyos, sobre todo de aquellos que estuvieran en edad de enamoramiento sentenciaba al final de sus invitaciones, la única condición para poder acceder a sus aposentos y compartir con los dignos, del banquete, el baile, y la hermosa vista que sus preciadas flores, vestidas con la luz de la luna podía regalar una de esas noches abrileñas.
“Querido súbdito de este, mi reino. Tenga usted el placer y la dicha de ser invitado a mi ceremonial anual de primavera.
Fecha en la que celebraremos el renacimiento de las plantas, y con ello, la floración de mi tesoro
Siéntase digno de asistir si es usted comprometido en santo matrimonio”
Los súbditos mantenían la paz por si solos, y aunque no faltaran las discusiones, prácticamente nunca llegaban a requerir la interrupción de su soberano. Haciendo asi que el reino fuera prácticamente pascifico. Y sin la necesidad de invertir tiempo y esfuerzos en cuidar de su gente, el rey podía dejar su total dedicación en el cuidado y crecimiento de las gemas que adornaran sus jardines.
Las flores, eran tan importantes para el que el respeto con que las trataba nuca le permitió cortar una sola de ellas, ni siquiera de aquellas que estaban marchitas. Creía que cada una de ellas debía completar su ciclo junto a todas las demás, logrando que, con el tiempo, y con el fin de los tiempos, los jardines tuvieran unos extraños matices, entre los colores de las flores, el verde del follaje y los colores opacos que las flores tomaban al morir. Ni siquiera con la decadencia de la belleza se sentía digno de cotar una sola flor seca. Y aunque la tristeza le inundara la visa, se sentaba tranquilamente, cada tanto, a observar como aquellas, que unos cuantos meses atrás desbordaban vitalidad en su perfume, cada minuto que pasaba, perdían sus pétalos marrones.
Era tanto el cariño que les guardaba, que ni siquiera en eventos ceremoniales se permitieron jarrones con flores, si existía su presencia era estrictamente necesario que la planta de donde salían estuviera presente, y naturalmente, la flor unida a ella. Durante muchas primaveras, el esfuerzo del rey se volcó en hacer crecer las matas en un gran salón, permitiendo que las enredaderas cubrieran todas las paredes, y que las flores crecieran sobre las mesas y todos aquellos artilugios decorativos. Las estatuas fueron planeadas, y con ellas las plantas que las adornarían.
Al prohibir la entrada de solteros, y enamorados pretendientes a sus banquetes, era prácticamente imposible que alguien quisiera robar una florecilla para entregarla en posibles manos des agradecidas.
“Mis flores caerán siempre en manos del amor perpetuo”
Gritaba él cada vez que algún mozo preguntara sobre si pudiera tomar alguna para adornar algún rincón del castillo, o simplemente para intentar llevar el preciado objeto al ser amado.
El rey de las flores afrontaba su soledad volcando todo su tiempo y energías cuidando de su jardín. A veces, y con total alegría en su corazón, pasaba jornadas de luna a luna contemplando su tesoro, contando los pétalos, y como si de una mujer a punto de traer vida al mundo, disponía un asiento justo donde pudiera observar el nacimiento de alguna florecilla, y podía esperar largas horas esperando ver como los pétalos se abrían de los botones, y el perfume se fundiera en el aire.
La soledad en su corazón se eclipsaba cuando los botones crecían y cambiaban de color.
Alguna mañana, quizá, después de algún sueño profético, o quizá simplemente fue un acto de cordura, se encontró solo, en cama, sin compañía, sin una sonrisa matutina.
En su mente, el eco de una voz lúgubre resonaba desde algún rincón recordándole lo efímero de su paso por este mundo
“¿Quién cuidará de tu tesoro?”
