Lucy, la luciérnaga sin luz
—Papi, si fueras una luciérnaga, ¿Qué harías?
—Naturalmente, brillar, ¿Qué más podría hacer?
Hubo alguna vez, en algún lugar, una pequeña luciérnaga; ella era especial, no por su inmenso brillo, ni por su fuerza inigualable o su ávida inteligencia. Realmente no tenía nada que la hiciera “especial” dentro de su comunidad lampíride. Sin embargo, para muchas luciérnagas, parecía un bicho raro, y sí, por irónico que parezca, un bicho podía ser visto exactamente como los humanos suelen decir, un bicho raro y ser menospreciado por sus compañeros de vuelo.
Cada noche, todos los integrantes de la colonia, alzaban el bajo vuelo mientras encendían rítmicamente sus luminiscentes colas, algunos machos, para cortejar a las hembras, otros, como lideres, para guiar el vuelo, y muchos más sólo para presumir la intensidad con la que podían brillar.
Algunas, las más viejas, con vergüenza se mantenían ocultas, mientras que las jóvenes brillaban intensamente; para las ancianas, su luz no era más que un débil destello, como el reflejo de la luna sobre las gotas del rocío. Y sabedoras del inminente final de sus días, se mantenían a pie sobre el pasto, esperando que finalmente el ultimo de sus destellos iluminara a penas, el suelo bajo sus patitas.
Lucy, la luciérnaga, se mantenía con los ancianos, ella, aunque era bastante joven había perdido su brillo hace mucho tiempo, tanto que podría creerse que nunca había podido brillar.
Lucy, escondida en casa, pasaba los días intentando soltar, aunque sea un fugaz destello de sí, y cada día, terminaba con ella agotada, desanimada y triste al ser consciente, de que no podía brillar.
Lucy creyó que quizá algún artilugio podría hacerla brillar, y ató una linterna a su cola; todos se burlaron ante su desesperado intento por re encajar y ser parte de los demás.
—¡No es natural! — le decían con las risas entre sus labios.
—Pero que ridícula— susurraban a sus espaldas.
Lucy, hacía como que ignoraba lo que escuchaba, pero al llegar a casa, en lugar del orgullo en su pecho por haber brillado, en ella sólo brillaban las lágrimas a la luz de las velas.
—¿Por qué no brillo? — se preguntaba cada vez que se veía al espejo. Ella se veía como una luciérnaga normal, no era vieja, pero tampoco era joven y físicamente era bastante similar a las otras.
Luci, todos los días examinaba todas sus partes, sus antenas, sus alas, sus patitas y el fotógeno bajo su vientre. Luci nunca vio nada anormal.
Se sabía que algunas luciérnagas perdían su brillo cuando por accidente rompían su fotógeno, y que igual que las luces artificiales de los humanos, cuando se dañaban, nunca más volvían a brillar. Pero Luci nunca había tenido un accidente y su fotógeno estaba en perfecto estado, y simplemente no podía brillar; ella, sabiendo que nadie, en la seguridad de la oscuridad podría ver sus lágrimas rodar, pasaba sus días sumida en la tristeza.
Lucy, decidida encontrar el motivo de su opacidad, emprendió un viaje en búsqueda de los médicos, chamanes, brujos y todo sanador del cuerpo, mente o alma que pudiera encontrar a lo largo y ancho de su pantano. Sin embargo, todas las luciérnagas de ciencia, después de examinarla vagamente coincidían siempre en lo mismo, Lucy, estaba en perfecto estado, y ella, cada vez más desanimada, seguía usando sus alitas para ir con el siguiente; su esperanza por encontrar al médico que le devolviera su brillo mermaba con cada puerta que se cerraba tras de ella.
Una simple mañana, harta de los vuelos y ya sin fe en aquellos sanadores de la ciencia, simplemente se desplomó a observar los rallos de sol que se filtraban entre los arbustos al amanecer.
Lucy, con los ojos cerrados, sintió el destello del sol que le llegaba directamente, pero no recordaba que sobre ella hubiera algún espacio por el cual pudiera llegar hasta ella el mínimo atisbo luminoso. Lucy intentó ignorar las incomodidades del astro rey que se filtraba a trávez de sus parpados; como si se tratara de una jugarreta del destino, la luz iba y venía cadenciosamente alternándose con la oscuridad.
Al otro lado de la placida hoja donde descansaba la que no podía brillar, una exquisita baya, redonda y brillante reflejaba su luz, justo como si su único objetivo ese día fuera molestar a Lucy, como si quisiera presumirle, que ella, la baya, sin ser luciérnaga brillaba y pudiera cegar a quien estuviera lo suficientemente cerca de su presencia.
Lucy, molesta, emprendió su camino nuevamente, sin rumbo y sin destino se dedicó a vagar por algunas horas, hasta que el sol se agotó, y en lugar de los cálidos y brillantes rayos, se filtraran entre las hojas una suave y casi fría luz amarillenta. El ocaso le iluminaba débilmente los pocos pasos que atinaba a dar sin miedo.
Al rato, el sol al fin se fue, y Lucy, temerosa por las tinieblas que le acompañaban dejó caer lo que le acompañaba en el viaje y esperando encontrar descanso, buscó una hoja donde sin esfuerzos pudiera ver el brillo de la luna.
Las horas pasaron, las hojas se movían, el viento silbaba a través de las ramas y Lucy, sin sueño sólo veía como la luna cruzaba el firmamento arrastrando tras ella un cumulo de estrellas dispersas.
—¿Hermosa verdad? — una cansada voz bajo la hoja que hacía de cama, le preguntó curiosamente y tan sorpresiva que a Lucy se le erizo la insectil piel.
—¿Quién anda ahí? — preguntó inquisitivamente. Y a sus oídos, o antenas, sólo llegó el sonido de débiles pasos arrastrándose entre las hojas.
—Tranquila, solo soy quien vive bajo la hoja que usas para tu descanso. Me llamo Mely.
—Ho, hola, soy Lucy, perdón, ya no pude más y sólo me desplomé aquí.
—Tranquila, de alguna forma agradezco tu presencia, ha pasado mucho tiempo desde que hablé con alguien que no fuera mi propia locura.
Mely llegó pronto hasta el techo de su casa, y al verla, Lucy se petrificó; pasmada, sólo su respiración hacia ver que no era una estatua.
—E… ere… ¡eres una araña!, ¡por favor no me comas! — las lágrimas empezaron a acumularse en los ojos de Lucy, el miedo, el pavor le había pegado sus patitas al suelo.
Jovial, Mely se acercaba a paso lento — tranquila, hace mucho que no cómo, es cierto, pero los de tu especie saben bastante feo, además, ya no tengo mis quelíceros, imagino que sin ellos el final para mi está bastante cerca.
Lucy, reconociendo la fragilidad que hasta una imponente araña puede tener al final de sus días, perdió todo el miedo que corría por sus venas.
Mely postrada al borde de una hoja hacía señas con sus patas traseras para que Lucy acudiera a su encuentro y se sentara junto a ella.
—Ven, alcanzó a ver con mis ocho ojos que algo duele dentro de ti. Además, estas bastante lejos de los tuyos; ¿quieres hablar sobre algo?
Lucy, incrédula por la dulzura de un enemigo natural, titubeó, en sus pasos hacia el encuentro de una nueva ¿amiga?; Lucy, pensativa, cada vez más cerca, consideró que esa amabilidad quizá fuera una trampa, pero la edad se notaba en el opistosoma de la gigantesca, comparándola con una luciérnaga, araña. Al final, Lucy llegó al encuentro de Mely.
—Estas bastante lejos de los tuyos pequeña, ¿qué pasa dentro de ti? — preguntó la araña con la mirada abstraída aún en la distancia.
El silencio de Lucy pudo haber sido rasgado con un cuchillo, y al final, entre suspiros confesó —No puedo brillar, no sé si se me apagó la luz o si simplemente nunca brillé.
Mely, con el semblante fijo al otro lado del lago, donde las luciérnagas hacían alarde de su luminosidad, consideraba las opciones de Lucy.
—¿Es común que los tuyos dejen de brillar?
—Si, no, no sé, quizá depende. —Luci realmente no sabía cuál era la respuesta correcta, pero estaba segura de que no era tan común como pudiera creerse — La cosa es que como en la mayoría de las especies, nosotras también tenemos un último brillo, algo así como lo que los que caminan en dos patas llaman último suspiro. Después de ese último gran brillo, todo se acaba; y además de no volver a moverse, una de las nuestras nunca vuelve a brillar.
A veces, cuando somos atacadas o tenemos un accidente considerable, dañamos algo dentro de nuestro fotógeno, y simplemente dejamos de brillar por siempre, pero yo no he tenido ningún accidente, y sigo aquí, vivita y coleando. Recuerdo que cuando era bastante joven, algún día brillé, pero cuando crecí la luz se fue de mí.
—Entiendo, supongo que de alguna forma no brillas porque te sientes incompleta ¿no es cierto? — la voz de Mely sonaba jocosa, casi como si intentara ocultar la sonrisa que acompañaba a sus palabras — Sabes, las arañas somos seres que vivimos en soledad prácticamente desde que existimos, y sólo estamos con otras de nuestra especie mientras intentamos crear descendencia, después de ello, el ciclo se repite y las nuevas arañas nacen y viven en soledad hasta que es su turno de preservar nuestra especie.
Yo, naturalmente no brillo, nunca brillé y jamás brillare, pero si pensamos muy superficialmente y con la profundidad necesaria, hubo un tiempo en que pude brillar con la más hermosa de las luces.
Al otro lado de la hoja, sentada Lucy más por seguridad que por miedo, no pudo comprender a totalidad lo que Mely le decía y hasta parecía que se burlaba de ella, ¿cómo es que una araña puede brillar?, son terroríficas, abominables, y, crueles.
Lucy, confundida, permanecía en silencio esperando que Mely, sin pedírselo, explicara a lo que se refería, en el rostro de Lucy, la confusión crecía con cada segundo que pasaban en silencio.
—¿Sabes?, — inicio al rato la cálida y vibrante voz de Mely— nosotras, mi especie, o al menos yo, al vivir siempre en soledad, los días pasan sin pena ni gloria, esperando pacientemente a que el alimento llegue solo, observando el sol irse y venir, observando la luna que a veces se nos esconde; nos refugiamos toda la vida en nuestros pensamientos, apenas si usamos nuestra voz, al menos que algunas estén medio locas, y le hablen a la comida antes del banquete.
Un día, simplemente los relojes biológicos se alinean y como si fuéramos soldados pre programados, emprendemos el viaje en búsqueda de un complemento que nos ayude a preservar nuestra especie, y al poco tiempo todas volvemos al silencio, a la soledad, a la calma.
Hace mucho, cuando era yo bastante joven, y en una de esas veces en que los relojes mandan, encontré un arácnido que no destacaba de entre los otros machos, sin embargo, así como mis telarañas pueden adherir a una incauta mosca, yo me adherí a él.
Esos días fueron grandiosos. Sus telas, atraían a exquisitos y jugosos gusanos; sabía muy bien donde y como colocarlas para que simplemente no tuvieran escapatoria y se envolvieran solos.
Por la noche, cuando la luna brillaba sobre nosotros, me contaba las mejores historias de aventuras que pudieran existir, su poesía era inigualable, aunque sombría, encajaba perfectamente en los huecos que había en mi pensamiento. Al final, los relojes se desalinearon, y todas, como si fuéramos atraídas por la misma naturaleza nos encaminamos a donde entraríamos en nuestro propio letargo esperando el nuevo alimento.
Nosotros, no nos separamos, yo lo seguí hasta aquí, él me había hecho feliz, y yo, creo que sonreía, mis colmillos tomaban una forma peculiar, y muchas veces, brillaban con el reflejo de la luna o el sol. Él decía que adoraba como los destellos salían de entre mis fieros quelíceros. Y un día, el, simplemente desapareció. No sé si se lo llevó un ave, si simplemente me abandonó o que habría pasado con él. Pero estoy segura, que, desde esa noche, no he vuelto a brillar.
Luci, desde dónde estaba, tenía la garganta contraída, intentando ahogar el llanto que la tristeza intentaba desbordarle. Para ella, para su especie, la compañía de otras es bastante habitual, y prácticamente desde que nacen, eligen con quien pasarán el resto de sus días. Y el hecho de imaginar que cada poco tiempo y por tan poco tiempo pasaría un tiempo feliz en compañía le rompió el corazón.
—¿Cómo pueden vivir así?, Mely, ¿Cómo pasan una vida sin compañía?
Por su parte Mely, alzó su mirar hacia la luna, y con una voz, aun mas cansada o dolorida dijo.
—Una noche, él, entre sus ataques poéticos me dijo:
Hasta la luna necesita de alguien más para brillar. El sol, al otro lado, viéndola de frente, le envía su luz para que ella, la luna, pueda reflejarla y así lograr que otros veamos su belleza.
Lucy, alzó la vista buscando la luna en el firmamento, y con las lágrimas en sus ojos, la luz de la luna se veía difusa, desfigurada.
—Es cierto, la luna brilla porque alguien más la hace brillar.
Lucy buscó a su nueva amiga, — Mely, tú también brillas justo ahora.
El cuerpo de Mely se encontraba lleno de destellos azules, la luz de la luna que se escapaba entre las hojas de los árboles, la hacía brillar con haces de azul metálico que recorrían su cuerpo a través de los bellos que la cubrían.
Mientras Lucy observaba la brillante belleza de la imponente araña, Mely, había dejado su último brillo en este planeta, un brillo, que con algo de suerte sería reflejado y replicado a través de una triste luciérnaga sin luz.
Al rato, el par de patas que se alzaban intentando alcanzar la luz de la luna, descendieron suavemente, como si reclamaran a la vida nunca haber alcanzado el fulgor del astro nocturno. Ahí, de pie, Mely había brillado por última vez, sin que ninguna de las de su especie se enterara, sin que ninguna de las que pudiera haber llamado hermanas o hijas, sintiera pena alguna por ella, ningún ser viviente habría lamentado su muerte, ninguno, salvo la pequeña Lucy, quien, por coincidencia del destino, habría estado ahí, con ella, acompañándola hasta el final.
Lucy, por si parte conocía el concepto de la muerte, sin embargo, y aunque su especie fuera bastante sociable y se acompañaran siempre como familia, nunca había observado el suceso de trascendencia. Para ellas, la muerte era algo sagrado que debía vivirse en soledad, para no lastimar los sentimientos de las otras; cuando notaban que el brillo se les iba escapando, emprendían el viaje en soledad hasta su último destino, el lugar en que la luz se escaparía de sus cuerpos.
Lucy, al conocer a Mely entendió, que el brillo si bien debía nacer en ella misma, necesitaba de otros para hacer que su luz fuera más fuerte. A la mañana siguiente, Mely tomó un palito del suelo y buscó un buen lugar en el que poder hacer un gran agujero; trabajó todo un día para crear un lugar digno en el que el cuerpo de su amiga pudiera descansar dignamente.
Al final, cuando la luna se hallaba sobre ellas, y la luna hizo brillar débilmente el cuerpo de Mely, como si agradeciera a Lucy lo que había hecho por ella. Como si la respuesta saliera desde su inconsciencia el cuerpo de Lucí se encendió levemente, con una luz tan suave que ni ella misma se dio cuenta. Lucy, había brillado tan débilmente que la luz no llego al suelo, pero ahí estaban las dos, agradeciendo cada una su enseñanza a la otra entre lazos azules y pulsaciones amarillas.
Lucy cubrió con la tierra a Mely, Lucy descansó toda la noche con la tristeza amenazando con nublarle los ojos, y pasó la noche junto a lo que quedaba de la existencia de la imponente Mely la araña.
Por la mañana, Lucy, emprendió el camino hacia su aldea, decidida a hacer brillar a otros, aunque de ella no saliera luz alguna. Durante el camino, con una nueva perspectiva de vida, observo todo lo que la rodeaba, aprendió a gozar la frescura del bosque, los aromas de las plantas y el sabor de las bayas silvestres. Y sin darse cuenta, con la luz del día, ella, también brilló, feliz consigo misma, feliz con lo que había aprendido, feliz con lo que veía y sentía, su felicidad, ahora desbordaba a través de su fotógeno, como si se tratara de los colmillos de Mely.
Por la noche, cuando al fin llegó con los suyos, un centenar de platos y vasos caían al suelo, las bocas se abrían como si quisieran gritar en silencio. Los ojos y antenas mostraban la incredulidad, y otras tantas, distraídas y absortas chocaban al vuelo con otras luciérnagas. Aquella que se había ido sin brillar, regresaba refulgente en la oscuridad de la noche.
Lucy, orgullosa, se encaminó a su casa, dónde las velas, jamás volvieron a encenderse. Y cuando alguien preguntaba ella simplemente respondía.
Brilla tan fuerte que no puedas ver lo que te entristece, y hagas a otros brillar

