Otoño

El año agoniza, y no solo lo dicen los calendarios, el fin de este ciclo está por llegar, y no lo sé únicamente por que hoy estemos más allá de la mitad de octubre, ni siquiera porque las hojas en los árboles están perdiendo su brillo. Es que sencillamente hay algo extraño en la luz del sol, una perpetuidad dorada que trae recuerdos que no existen a mi memoria, un calor que ni la primavera o el verano puede hacerme sentir, como si el sol otoñal intentara quemar todo aquello que, durante el año, fue sembrado y que hoy, ya no sirve, o no debería acompañar al inicio del nuevo ciclo. 

En la piel puedo sentir el ardor de un implacable sol que posiblemente intenta purificar mi cosecha. Quemando con su dorada luz todo aquello que lastima al pensamiento, quizá intentando borrar los recuerdos que me fuerzo a ocultar, el recuerdo de la ausencia, el recuerdo de quienes se han ido. Quizá, con la belleza dorada que me acompaña intenta sustituir los espacios en la memoria que han dejado la tristeza y la desolación, además, para que quisiera borrarme los recuerdos de quienes han partido, si pronto, el mismo tiempo apremiara la fiesta que los trae devuelta en un etéreo furor por sentir lo que ya no podemos sentir, por la sensación de que nos acompañan al otro lado del espejo. Para que intenta ese sol borrar las marcas invisibles de los defectos y errores cultivados. Si el sentimiento que evoca cuando la tarde está por morir es justo recordar todo lo que nos falta, si el frio de la tarde de otoño quiere que recordemos aquello en lo que fallamos, si nos trae a la mente el aroma, la voz, y el deseo del calor que él o ella irradiaron en algún momento, cuando estuvimos cerca.

Hoy el frio de la noche me hace pensar en todo aquello que pudo haber sido diferente si me hubiera separado del miedo, y hubiera aceptado que realmente fui merecedor del ofrecimiento, los sonidos de la noche, acentuados por la nostalgia de una luna enorme, brillante y rojiza que no hace más que acrecentar la perpetuidad de la oscuridad y el rugir de los camiones arrastrándose por la carretera. Esta noche, el sonido de las secas hojas raspando una con la otra me hace pensar en la soledad que debe haber en un corazón que vive siendo quien otros pretenden que sea. 

Como las hojas que hacia el final de sus días se aferran al verdor que otrora tuvieron, me detengo a pensar, ¿para qué lo intento cada día?, si al final, el destino será el mismo, si un día me marchitare y dejaré el árbol. Pero luego la esperanza vuelve al recordar que una hoja caída emprende apenas el viaje, que, al desprenderse del árbol, esa hoja, seca, arrugada y sin vitalidad, encuentra la libertad; y el viento, su fiel amigo, aquel que cuando la plenitud del verdor marcaba su existencia, la mecía suave y rítmicamente, como si arrullara su efímera existencia. Aquel viento, el mismo que la trató con gentileza, algunas veces fuera implacable con ella, zangoloteándola vigorosamente mezclando el lacerante dolor del frio que arrastra y la hostilidad que las gotas de lluvia pueden llevar consigo misma.

Ese viento, que de amigo pasaba a enemigo, hoy, se vuelve transporte, arrastrándolas desde la comodidad de su punto más alto en la copa del árbol, hasta que gentil mente llega al suelo. 


¿Qué será de aquellas hojas que, como las hojas, se desprenden con la gentileza del destino?
¿Qué será de las que son arrancadas antes de cumplir su misión?
¿Qué habrá pasado con aquellas que fueron consumidas por la tempestad?, las que se dieron a los embates de la tormenta, de las que no aguantaron el ímpetu destructivo del viento, el natural, y, del que fue provocado.

Hoy, el frio, la oscuridad, y la solemnidad del sonido de la noche me recuerdan cuantas veces estuve a punto de rendirme, e intentar dejar el árbol.

En el aire hay una extraña mezcla de aromas, a ratos me huele dulce, pero también huele a sequedad, a muerte, a soledad; por momentos, el petricor domina el ambiente, como si aun hubiera plantas luchando por nacer, por llenarse de vida y verdor, pero al buscarlas, el panorama se ve áspero, seco y casi sin vida.

Siento el aire lleno de resinas, un aire pesado, pero con aromas maravillantes. A veces, la noche huele a dulce, me huele a hogar, huele, a la casa de la abuela, las hierbas secas traen su recuerdo, el aroma de las especias reviven su voz, los postres me devuelven el calor que en algún tiempo su abrazo regaló. Hoy, una cocina vacía, de la que a veces pienso que ni el recuerdo queda yace en el recuerdo perpetuo de cuando era niño, el calor del horno del que escapaba el empalagarte aroma de los pasteles y galletas, solo viene a fragmentar un poco más un maltrecho corazón que vive en mí.

Hoy me doy cuenta, de que inconscientemente, también estoy creando recuerdos que algún día fragmentarán la alegría de otros. Mi cocina huele a azahar, las naranjas y mandarinas perfuman el ambiente para acompañar la tarde. El aroma del café se escapa por las ventanas para hacer que quien me visita sienta calor en su ser. Y, ¿qué pasará cuando el fuego de mi cocina se apague?, ¿Cuánto dolerá que mi recuerdo llegue con el aroma de la flor del naranjo?, ¿Cuántos recuerdos vendrán a la mente, cuando descascaren la cítrica fruta?, ¿Cuántas lagrimas rodarán cuando el aroma del pan recién horneado invada los sentidos de alguien?

Ahora, que la luna de la cosecha me acompaña, sintiendo los complicados aromas del otoño, la paz viene a mí, hay una extraña tranquilidad en el frio que siento, como si todo aquello que hasta hace poco debía ser apresurado, ahora se prepara para un letargo, como si la luna me invitara a simplemente observar, a sentir, como si la luz, el aroma y la tranquilidad reconfortaran y curaran las heridas acumuladas.

El frío se acerca, y con él todo vestigio de verdor se irá, la aspereza y la falta de vida, serán sustituidas por la alegría, las sonrisas, las luces y los colores. El canto melodioso de alegría y paz, será acompañado por la risa de los niños, aquellos que inocentes solo pensaran en las maravillas del rojo y el verde, sin embargo, para los conscientes, la blancura del ambiente estará manchada de recuerdos que escurren las lágrimas; las ausencias acumuladas serán una carga que tras, la celebración a los muertos y la alegría de pensarlos cercanos, aunque sea desde otro plano vendrá a recordar que ya no están.









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