Carta a mi locura

 Querrás que el momento llegue, ansiarás que las luces se apaguen, por momentos la determinación, el dolor, la tristeza te dirán que es necesario, que al final las cosas no fueron tan buenas, que fue una gran pérdida de tiempo.

Pensarás que la fría y oscura soledad, inerte bajo tierra son lo que necesitas para encontrar un verdadero lugar feliz. Confiaras que, en tu mausoleo, si te toca uno, podrás ser quien realmente quisiste ser, que podrás liberar a esa persona que fue reprimida por encajar en la familia o con los amigos, y al fin podrás pensar libremente, que podrás actuar según tus verdaderas convicciones.

Sabes bien cómo hacerlo, necesitas conseguir esa eterna libertad, pero, ¿realmente tendrás el valor?, o ¿el miedo a lo que no conoces te detendrá?

Y, si pensaras a consciencia ¿qué te detendría?, ¿el amor que no sientes?, ¿la confianza que siempre te faltó?, ¿tu familia?, quienes tienen miles de cosas que pensar por los suyos, ¿tus amigos?, esos que juran conocerte y adorarte, pero que no pueden leer en tu mirar y tus palabras que estás a nada de desmoronarte.

¿Puedes ayudarte solo?, con la tristeza latente y creciente, a la que cada vez que le preguntas qué debes hacer te ilumina el mismo camino.

¿Le preguntarás a tus alegrías que debes hacer?, cuando ellas solo aparecen efímeramente, cuando tienes, cuando haces, cuando un faro brilla fuera de ti mostrándote un camino, y que al final, cuando llegas la luz se ha ido.

Muchos te dirán, ¡tú puedes!, ¡adelante!, ¡confía en ti!, pero tus días te han mostrado como las personas solo hablan mecánicamente con lo que les han en señado, es educación al hablar, y generalmente esa mecanización de palabras hace que salgan sin sentimientos, sin pensarlo, sin sinceridad. Y quienes quieran ayudarte, se quedarán pasmados y sin palabras en cuando vean al verdadero monstruo que vive en tu mente. Un monstruo que, por cierto, no muestras en su esplendor para no herir a otros.

Desearás morir, y cuando alguien lo sepa intentará recordarte los buenos momentos, pero solo tú entenderás la soledad que existe en un mensaje de cumpleaños, en el dolor de una celebración ausente, recordarás las palabras que te dijeron, porque necesitabas escucharlas, recordarás el reflejo en el espejo, harto de vivir, cansado de luchar contra sí mismo. Sentirás el dolor en cada articulación cuando siquiera amanece.

¡Todos te dirán ánimo, saldrás de esta!, pero nadie tendrá el valor de estar realmente contigo para quitarte la soga del cuello.

Nadie luchará contigo para arrebatarte el frasco de medicamentos.

Nadie verá como la hoja de metal surca tu piel.

Y cuando algún, ella venga por ti, te mostrará todo lo malo que hubo en tus días, abrazándote, alentándote y afirmando que fue una buena elección. Pero al final, cuando las luces empiecen a apagarse, ella misma te mostrará todo aquello que no pudiste ver inmerso en tu agonía, querrás volver, revivir el momento, llorarás con impaciencia por ese abrazo que te negaron pero que querían darte.

Las luces se apagarán, y no serás nada más que una frase mientras tu cuerpo yace en una caja de madera, metal y vidrio; mientras te rodean con flores y lágrimas de todo tipo en sus ojos, para la gente solo serás un triste recuerdo, una mirada al féretro con morbo, una cena diaria por más de una semana, o simplemente serás “la muy buena persona que fuiste”.






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