290126
Quizá en un día como hoy, hace veintitantos años, una mente infantil, volátil e incauta vivía entre los misterios del descubrimiento de la vida. Soñando y pensando en los mundos que por la televisión parecían existir.
Un chiquillo imaginaba como seria vivir en un mundo donde cuando éramos bebes realmente podíamos y realizábamos planes, que las travesuras ideadas y las fechorías realizadas creaban recuerdos que perdíamos al crecer.
Una mente infantil que de verdad creía que un gigantesco dinosaurio morado podía cantar, bailar y llevar a mundos mágicos con aventuras maravillosas.
Un pequeño que años después utilizaría la imaginación para ayudar a que en las mentes de otros se dibujaran escenarios, que pudieran creer en las maravillas de mundos inexistentes, que sus sentimientos salieran a flote con una o dos palabras
Hoy, después de algunos años, y muchos más de los que quisiera reconocer, he vuelto al lugar donde la imaginación tiende a volar. Al lugar donde el juego y la risa pueden ser interrumpidas con el miedo, el llanto y la tristeza de, simplemente, haber tirado el dulce favorito, de que el jugo se derramara. El lugar donde incluso la amabilidad podría sentirse hostil.
Recuerdo, a un chiquillo de unos cinco años, reservado y hasta tímido, un pequeño que prefería mantenerse aislado explorando parajes, hojeando libros y revistas, o simplemente comiendo en soledad.
Recuerdo bien, como un gato naranja de la televisión comía grandes sándwiches sin mover la boca para masticar, o cuando menos no como estamos acostumbrados, en la televisión, el gato simplemente movía los labios, como si esbozara sonrisas en su rostro. Y el chiquillo, curioso, en el almuerzo designado intentaba imitar al felino.
Un gran bocado dejaba un enorme faltante en el sándwich troquelado con la silueta de un casco como el que usan los jugadores de futbol americano. Naturalmente, imitar al naranja no funcionaba, el pan se quedaba adherido al paladar, y aunque la mayonesa untada supiera realmente bien en conjunto, al ser lo único que se distribuía entre las papilas, resultaba asqueroso y el señor dedo tenía que entrar al rescate para despegar el pan adherido al interior, y entonces sí, como humano funcional, masticar como es debido.
Pero con el alimento viene la sed, o simplemente la necesidad de cambiar el sabor que había quedado, y para ello, un jugo, hecho a base de manzanas, cuya etiqueta marca “Néctar de manzana”, llegaba al rescate. Dulce, espeso y lleno de sabor complementaba el frio de la mañana, la sensación que dejaba el débil sol filtrándose entre las espinas de los pinos.
La magia que se sentía bajo la amarillenta luz, llegando a los rostros de un puñado de niños sentados en circulo viéndose unos a los otros, contando historias inexistentes, intentando contarse situaciones de la televisión y buscando mentirse con la mejor historia del mundo, para tener miedo, o para decirse super héroes. Un árbol era el testigo de la torpe y mentirosa narrativa infantil. Quizá se divertía, quizá los ignoraba, pero siempre estaba ahí, protector de la lluvia o el sol, susurrante cuando el aire se filtraba entre su copa.
Yo, lo veía como el guardián de quienes ahí pasábamos las mañanas. Su copa alta y llena de piñas eventualmente las dejaba caer, intentando quizá regañar a los más malvados o a aquellos que contaban sus mentiras únicamente para asustar, o quizá para provocar la envidia.
Yo en el banquillo lo utilizaba como respaldo, como soporte a mi humanidad para no caer. Y en el encontraba refugio, confort y consuelo. Creía que ese árbol habría estado ahí desde que los dinosaurios vivían en el pueblo. Imaginaba que un dinosaurio rosado habría ido a esa escuela a aprender igual que lo hacía yo.
Veía yo, en su unión con el solo un montonal de raíces, y no pudiera contar cuantas veces en mi incauta mente infantil, veía entre sueños un manantial que crecía entre las raíces que se extendían sobre la faz de la tierra. Imaginaba, que el manantial hacia un túnel, como los ríos subterráneos en las costas de la punta del país.
Imaginaba yo que si me sumergía por uno de ellos podría llegar a otro mundo, que pudiera transportarme atreves del agua, navegando entre peces, arrecifes y tortugas, para salir a los pies de otro árbol, de algún edificio donde uno de esos manantiales mantuviera un agujerito lleno de agua.
Deliraba entre clases imaginando que podía ir al pie del árbol, meter la mano y sacar un pez. Que pudiera dejar las migajas de la comida para alimentar a un pequeño cardumen de alevines.
Imaginaba yo, que podía escapar de mi realidad entrando en un portal mágico que crecía a los pies de un árbol.
Incauto yo, creía que simplemente tenía una mente ávida para imaginar.
Hoy, cuento historias que nunca sucedieron.
Hoy arrebato lagrimas con los sentimientos que mis palabras traen a la superficie.
Hoy, maravillo a quienes buscan un escape de su realidad.