Cuando la mata se seque
Todos los días me quedaba a observarle,
veía ir y venir su mirar,
presencié su crecimiento,
su alegría y su vitalidad.
Todos los días después del llanto habitual,
el sonido de su risa me reconfortaba el alma,
su inocente alegría,
sus torpes y tiernas caricias.
He perdido la cuenta de cuantas veces me ha hecho brillar con su luz.
Por años,
había visto simplemente como sus sonrisas se le escapaban,
como la silueta alegre y bailarina se movía de un lado a otro,
dejando destellos de su luz entre todos a los que se acercaba.
El tiempo le trajo su madurez,
y con ella sus pétalos y frutos crecieron,
siendo ella bella,
irradiando felicidad.
Sus colores, cambiaban el gris horizonte de quienes en ella encontraban refugio.
Su sonrisa, como el faro en altamar, guiaba a los perdidos, les daba esperanza.
El tiempo, me arrebató la labor de jardinero, y tuve que permitir que alguien más se hiciera cargo de cuidar y cosechar sus sonrisas.
No serian eternamente mías.
Observe como iban y venían,
vi como las sonrisas nacían casi de la nada,
y al tiempo, naturalmente se marchitaban.
Y como la flor, que al cabo de algunos días sólo queda el recuerdo de su presencia,
y la nostalgia se instala en aquellas que conservamos ya secas y marchitas.
Con cada una de sus sonrisas un recuerdo se apagaba, al perderse en el tiempo.
Hoy, su sonrisa luce marchita, los años se le han acumulado en los parpados,
y sus labios no tienen ya la misma vitalidad.
La luz en sus ojos ha perdido brillo.
Los pétalos de sus sonrisas marchitas han ocultado los nuevos brotes.
Hoy, las flores de su alegría no son más que recuerdos,
que como luciérnagas brillan eventualmente en la oscuridad de su mente.
Y cuando por fin, la mata se marchite y muera,
las flores que regaló vivirán en el recuerdo de otros,
brillando eventualmente para recordar que todas,
en algún momento se secarán.
Lo peor no es ser consciente de su marchitez,
lo que realmente duele,
es…
Ser consciente de que no estaré ahí para ver sus últimas flores.
