Delirante
La noche, la oscuridad, la luna, por siglos han despertado una infinidad de sentimientos en la humanidad, algunos humanos, se refugian entre su manto para perpetuar actos atroces, mientras otros se esconden en su pálida luz para desatar sus paciones y entregar su amor.
Algunos la usan como navío para soñar a la deriva, y, la mayoría simplemente se permiten dormir bajo su pálida claridad. A mí, me gusta pensar que la noche es un refugio donde la magia puede suceder, en cualquier aspecto y bajo cualquier circunstancia el misticismo y lo sombrío de su fulgor, dan espacio a cosas maravillosas.
La noche me ha enseñado sobre la paciencia, me ha enseñado a reconocer que por más esfuerzos que se hagan, siempre habrá un rincón que se entregue a la oscuridad, he aprendido que además de ser un refugio para desencadenar las pasiones, su serenidad permite las más plácidas y profundas charlas.
Como soñador, me refugio en una densa oscuridad llena de puntos blanquecinos y titilantes sobre el firmamento, su tranquilidad y profundidad me sirven de catalizador para crear historias, tan reales como las hadas y los unicornios, para conversar con mi retorcida mente y hacerme reclamos por las cosas que nunca me atreví a hacer o decir. Y, durante muchas otras noches, pierdo a propósito la batalla contra Morfeo esperando traiga a mí un bello recuerdo.
Una de esas noches en que la calma y la penumbra dominan, ella volvió a aparecer entre las imágenes que se reproducen en la mente mientras se duerme. Inmaculada y etérea como el recuerdo de su presencia.
Sin razón aparente y sobre un basto y amplio prado rodeado de árboles gigantes y mientras la luna parecía irradiar como el mismo sol, su dominante figura se alzaba a lo alto de una suave colina. El clima era calmo pero las copas de los árboles se movían desesperadamente haciendo que el roce de sus hojas sonara como un imponente río, o quizá como el feroz gruñir de una gran bestia.
A pesar de la aparente, fuerte brisa, el ambiente se sentía cálido, con la misma frescura que una mañana abrileña antes que el alba se asome por el horizonte, ese cálido frescor inconfundible que se entre mezclaba con el aroma de los azahares, inundando el pecho de sentimientos tan familiares pero indescriptibles y aunque se sintieran propios, parecían ajenos.
Con tantas cosas que pensar y sentir, además de lo etérea que parecía su figura los sentimientos y pensamientos se nublaban, haciendo que el momento se congelara en el tiempo, como quien pudiera pausar la vida permitiéndose simplemente existir; existir observándole, observarle ahí, simplemente alzándose en el horizonte enfundada en largas túnicas negras y una nívea piel y, con una gentil mueca acentuada por el rojo de sus labios.
¿Qué hacia ella ahí, perturbando la calma de mis noches?, nunca lo sabré, pero, lo que sí se es que en mis adentros se lidiaba una gran lucha entre el deseo de correr y abrazarle, y un cuerpo inerte que no respondía; quizá fuera el sentimiento o la idea de que cual venado en el prado, su figura se esfumara del horizonte ante cualquier movimiento que pudiera hacer.
Y ahí estaba yo, bajo la luz de la luna, observando al ser que tanto puedo decir amar, pero sin el valor de acercarme, ¿por miedo a que se aleje?, ¿por miedo a herirle?, ¿por miedo a no ser lo que necesite?
Y ella, simplemente existiendo como la diosa que quizá idealizo, pero siendo siempre todo lo que necesito para apaciguar mis males e inhibir mis sentidos.