DON´T LET ME DOWN

¿Cuánto sufrimiento puede vivir en la letra de una simple canción?
¿Es la canción la que hace doler al alma, o es el alma quien se lastima con su melodía?


“…Nobody ever loved me like she does… And if somebody loved me like she does…”


¿Qué orilla a un hombre a desear la muerte?
¿Cuánta falta puede hacer una persona para complementar los días?
¿Cuánto se puede amar a alguien?
¿Cuánto tiempo se puede vivir con la máscara puesta?
¿El alcohol realmente puede acallar los demonios?
¿A caso el alcohol o las drogas realmente pueden calmar el dolor del alma?


Hay tantas preguntas que no me atreví a hacerte cuando aún había oportunidad. Ser consciente de tu sufrimiento se volvió parte de la normalidad para mí, para muchos, y aquellos quienes te rodearon se limitaron a juzgar desde la distancia, quizá, con el temor a tus respuestas. 
Aquellos quienes pudieron comprenderte simplemente te examinaban a la distancia, como quien observa a algún bicho venenoso.

Se dice que una vez abriste tu pecho y permitiste que alguien entrara a tu corazón. Rumoran que la sangre descendiente de tu sangre vaga por el mundo sin saber que exististe. Cuentan que una vez lo tuviste todo, y te fue arrebatado, sin aviso, sin mayor razón que la del destino jugando una maquiavélica trampa, orquestada por aquellos quienes debieron haber querido verla feliz, o cuando menos, alegre.


“…Quiero morir, pero no se vale que uno mismo lo haga…”
Las lágrimas rodaban por tus mejillas, surcando pómulos realmente impolutos para tu edad. Tu voz, se quebraba hasta volverse meras gesticulaciones cuando las palabras se negaban a salir de ti. Tus nudillos blancos al sostener el vaso, lleno con alcohol para curaciones, porque el alcohol de las cantinas, un día no fue suficiente. Y al final, después de un lago trago, tranquilo y apacible, abrazabas el vaso con tus manos, mientras lanzabas miradas curiosas al cielo, quizá buscando la piedad de algún ser supremo, quizá evocando los recuerdos de la juventud, o simplemente recordándote que no se valía.


“…You're enchained by your own sorrow…”
¿Cuál era el peso de la cadena que te mantenía sumiso a los recuerdos?
¿Cuánto pesaban los grilletes de tu tristeza?

Quizá, tu cojera fuera el mero reflejo del grillete que arrastrabas en la vida, y que en tu ansiedad por silenciar al demonio que en ti vivía, buscaras el daño físico, esperando, algún día, no despertar. Pero cual fuera tu suerte que, ante tanta búsqueda, que, con tanta impaciencia, cada vez, ella simplemente jugueteara contigo y te dejara, un rato más.


“…Hasta mañana till we meet again…”
¿Cuántos años habrás pasado esperando siquiera saber de alguna noticia suya, de ella?

¿Cuántas botellas vaciaste, esperando con cada una ahogar su recuerdo?

¿Cuántas lagrimas lloradas, esperando llenar un mar en el que tu barca pudiera navegar?

¿Cuántas veces agonizaste antes de tu suspiro final?


Desde pequeño, tu mascara me hizo feliz más de una vez, más que chicles, más que monedas, el que fueras el único que pudiera valorar realmente cuanto vale una sonrisa, quizá hacía que la buscaras en los demás. Tu risa, quizá sincera, posiblemente obligada, pero siempre pura hacía que llegaran a ti los montones de chamacos, a quienes conocías y recordabas desde que “estaban así de morrititos”. Que a todos cuidabas, aunque nomas los vieras, ahí jugando con pirotecnia, o realizando acrobacias extremas en un viejo triciclo amarillo. Y tú, desde el banquillo y sin afán de contener la risa, cruzaras las piernas aprisionando tus manos, y riendo, siendo feliz, aunque la sonrisa fracturara tu máscara. Y después, por la noche, enervaras tu cuerpo para distraerte de su recuerdo, y del rumor.

Ellos siempre te tuvieron, tu, siempre los tuviste, y para mí siempre fuiste el mito que existía, el recuerdo apagado de quien existe y no existe, fuiste siempre la persona que simplemente estaba ahí. Ellos desaprovecharon tu presencia, renegaron de tu existencia, y sí, fuiste la persona difícil que todos alardeaban no aguantar, pero, realmente ninguno se esforzó por comprenderte, me incluyo, pero, quien ha visto a un payaso intentando hacer reír a otro payaso, y peor aún, como un payaso novato puede robarle siquiera sonrisas a un payaso con tantos años de experiencia, con tantas sonrisas arrebatadas, con tantas capas de maquillaje haciendo costras agrietadas.


“…Well, I can ease your pain…And get you on your feet again…”
Tu alegría siempre nos hizo pensar que, en tu soledad, fuiste realmente feliz, mientras los tuyos siempre creyeron que lo tuyo solo era un simple berrinche, el efecto del cuidado amoroso que tu madre te diera, quizá por culpa, quizá para que no la culparas. 


¿Pero cómo buscar lo que no has perdido?
¿Cómo reclamar lo que te fue arrebatado?
¿A quién culpar sin un culpable?
¿Cómo perdonarte por no haber luchado?
¿Cómo tenerte aprecio cuando sabes que todo se te escapa y no tienes el valor para retenerlo?


Pregunté cuál era tu plato favorito, y me respondiste que no tenía caso tener un plato favorito. Te juzgue pensando que la inmadurez vivía en ti. Hoy te comprendo.

Critiqué, cuando la música simplemente te arrastraba a un universo distinto. Hoy, conozco la paz que te traía la cadencia de la música disco.


Condené, tu gusto por los enervantes. Y un día, entendí su valor, pero volví a juzgarte cuando el recuerdo no se ahogó.


Y me puse la máscara, para no quitármela jamás, tu ejemplo, tu personalidad, tú, como payaso, ahora eres un ejemplo inquebrantable, reconocerte como mera pedacera y fragmentos de cristal pegados a medias, es casi tan doloroso como enorgullecedor.


¿Cuánto tiempo?
¿Cuántas fracturas?
¿Cuánto pegamento mezclado en humo y licor?
¿Cuántas lagrimas?
¿Cuántas veces dejaste caer las navajas lleno de rabia?, enojado contigo.
¿Con la vida?
¿Con el destino?


Todas preguntas a las que espero una respuesta, tantas preguntas que no me atreví a mencionarte. Por miedo a quebrarte; por miedo a quebrarme.


“…Why don't you hit me with your best shot…”
Era tu constante suplica al destino, la que hacía enojar a la multitud. La incomprensión me invadía incluso a mí, que me jactaba de conocer al destino. Y es tu fortaleza, al resistir tanto tiempo la que me orilla a parecer funcional, a pintarme la sonrisa todos los días y salir a la calle, es el recuerdo de tu actitud la que me obliga a dibujar sonrisas en los demás, buscando apaciguar sus propios demonios. Pero, nunca me enseñaste a silenciar los propios.

Hace un año, el destino simplemente quiso complacerte, y como muchos otros, cuando la lucidez llega, la luz se apaga. Lo esperaba, lo presentía, desee que tu sufrimiento terminara, y cual payaso que eras, quise que el show terminara para ti, para que pudieras volver a los camerinos, para que pudieras despintar tu cara, y que por fin pudieras librarte de tu máscara.

Los rostros parecían tranquilos, algunos hasta liberados, como cuando un mal show termina. Pero desde el cielo, alguien lloraba por ti, ¿habrá sido la vida?, ¿habrán sido quienes te dañaron?, jamás podré saberlo. Bajo la lluvia, esa noche simplemente permití que el humo me nublara la vista y el rostro, intentando contener las aguas que las fracturas en mi propia mascara dejaban escapar como riachuelos. Permití que la risa fuera mi escudo, y en tu recuerdo me escondí para que mi oscuridad no se revelara.


¿Un muerto escucha?
Pareciera que tu ejemplo se quedara conmigo, pues, así como viviste en el ojo crítico, ese día te despediste con la misma critica que parecías disfrutar. Yo no sé si un muerto escucha, o si un espíritu visita su funeral, pero sé, que, si realmente estuviste ahí, habrías estado alzando el puño cuando las letras fueran lo suficientemente lacerantes para que tus lagrimas rodaran y tras un salto suicida, fueran al suelo a morir.



In memorial

AJA-11-9









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