5 - Chifle

El cielo se ha teñido de gris.
El viento sopla casi, intempestivamente.
Las aguas caen, golpean el suelo y las hojas,
desaparecen entre el pasto mientras que en el pavimento,
las temerarias se amontonan formando charquitos.

El aire fresco y húmedo arrastra seductoramente el aroma del petricor.
Y, con él, un aroma inconfundible, familiar, pero sin duda desconocido.

El silbido del viento resuena por los campos,
con el vaivén agresivo de las hiervas secas y amarillentas,
frotándose las unas contra las otras,
tan agresivas y ruidosas que parecieran gritarse entre ellas.

El aroma dulzón, me recuerda a la flor de calabaza flotando en la leche hirviendo,
su perfume me lleva súbitamente al pasado.
El aroma, su recuerdo me quitan 25 años de vida.

Y sin quererlo viajo,
a un tiempo vago en mi pensamiento,
a, un lugar lleno de recuerdos rotos, y casi hechos harapos,

En mi mente, muchos de esos recuerdos no son ya ni fantasmas,
otros, están ahí, casi translúcidos,
delgados como un trapo que ha sido gastado por el tiempo.

El aroma, dulce y misterioso, resonó en mi mente con el chiflido de mi padre,
ese sonido cálido y familiar,
un sonido que te hiela la sangre,
un sonido reconfortante,
el sonido que te da seguridad.

En la cima del mundo, apreciando un verde campo,
cubierto de millares de florecillas blancas y amarillas,
y yo on la voz y la alegría infantil le suplicaba.

¡Chifle!

Y chiflaba, no para mí, ni para llamar a alguien.
Chiflaba, para complacer mi curiosidad.
Chiflaba, para que mi alegría acompañara su sonido entre los llanos y rellanos de las montañas.
Chiflaba, para que su eco surcara ida y vuelta.
Chiflaba, quizá, para recordarme que siempre, el, su presencia, sus enseñanzas llegarían siempre a mi.

Aunque fueran un mero eco de su existencia.





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